sábado, 15 de octubre de 2011
Ciclotímico
Afortunadamente sé que es una sensación subjetiva y pasajera, asociada a un pequeño bache que tengo que superar. Pero algo anda mal. Algo anda realmente mal cuando esta sensación es cada vez más frecuente.
Tal vez la respuesta la encuentre aquí, en estas palabras digitales, en una escritura fútil. O tal vez la respuesta, como diría el agente Mulder, esté “ahí fuera”.
¡Pero no todo son malas noticias! Si algo bueno tiene esta sensación es que te enseña que el mundo continúa girando pese a cómo te encuentres tú, la vida sigue.
Ni tengo una enfermedad terminal ni tengo tantos problemas que no puedo con mi alma; pero soy una persona depresiva, ciclotímica que la llaman, y en este momento me siento así. No es culpa de nadie, sólo mía. Pero bueno, quizás ahora me ponga a hacer cosas que he planificado y aun así llevo atrasadas.
Un saludo
sábado, 24 de septiembre de 2011
¿Y después...?
martes, 30 de marzo de 2010
MY BEST FRIEND
1- Secretos: entre vosotros dos no existen secretos, os lo contáis todo. Hasta tal punto llega la confianza que no teméis contarle lo peor de vosotros mismos porque sabéis que lo aceptará, quizás no sonriente, quizás no contento, pero lo aceptará como algo más que te compone.
2- Confidencias: os desahogaréis el uno en el otro. Cuando alguno de vosotros lo pase mal no dudaréis en colgaros del otro para desahogaros. Será vuestra válvula de escape. Será vuestro único modo de seguir cuerdos (siendo un poco tremendistas, todo hay que decirlo).
3- Bienestar: con la otra persona estás cómodo, más cómodo que con cualquier otra. Y gracias a ello tú apenas le haces daño y él o ella apenas te hace daño a ti. Y cuando ocurre tal cosa, sabéis en qué punto os habéis equivocado. Y si no lo sabéis, la otra persona lo explica y llegáis pacíficamente a buen puerto.
He llegado a la conclusión de que no cumplo los tres puntos con mi mejor amiga. ¿Eso le quita el título de “mejor”? Lo mejor es que no lo sé, pero estoy casi convencido de que me lo quita a mí. Y eso, amigos míos, es una mierda.
jueves, 11 de marzo de 2010
TODO ES UNA MIERDA
Encima las cosas no son como eran. Ahora ya no reímos por todo. Ahora nuestras sonrisas están ahogadas en el turbio destino al que hemos sido arrojados. Supongo que acabaremos por apreciarlo, pero ahora mismo me parece una mierda. Ya no somos iguales. Y tengo miedo, un miedo visceral y enfermizo a la pérdida. Creo que ese puede ser el causante de la mayoría de mis problemas. Es muy sencillo: temo que me roben a la gente que quiero. Primero fue mi mejor amigo C; J me lo “robó”. Después fue mi mejor amigo E; D me lo “robó”. Finalmente, fue mi mejor amigo J; M me lo robó. Ahora tengo algo que no he tenido nunca con nadie; algo que va más allá de un simple y anodino conocimiento, una amistad tan profunda que da miedo. Temo con toda mi alma que me la “roben”. Y recalco robar con comillas porque no es robar propiamente dicho: nadie roba amigos, son los amigos quienes deciden con quién se van o con quién se quedan.
Ahora mismo pasa por mi cabeza que tal vez ella esté mejor sin mí. Esto quiere decir que tal vez debiera dejarla marchar y no volver. No lo sé. Yo la necesito, pero no estoy seguro de que mi presencia sea precisamente beneficiosa para ella…
Cada vez me siento peor, porque mi jodida mente me monta películas que no existen, y es una paranoica de la hostia. Con cualquier situación ya me exaspero.
Es un rollo lo que acabo de escribir, lo sé, pero necesitaba soltarlo. Y como no quiero hacerle daño, pues lo pongo aquí, ya que soy el único lector asiduo de este blog. Único lector, fundador y escritor del mismo. Qué triste.
Y si por algún casual lo acabas leyendo, lo siento. Me entristece profundamente esta situación.
lunes, 22 de febrero de 2010
¿QUIÉN ERES?
Y ahora volvamos al presente. ¿Qué tenemos? ¿De todo lo que queríamos qué hemos conseguido? ¿Somos lo que queríamos ser? ¿Somos las personas que teníamos intención de ser?
Ahora pensemos en el futuro. ¿Cómo nos lo imaginamos? ¿Cómo nos imaginamos con 35 o 40 años? Una casa grande, un par de hijos y una mujer preciosa. Una casa pequeña y acogedora, soltero o con una novia rondando a sus anchas por la casa. Una mesita en el recibidor para dejar las llaves. Una mujer que te despierte con un beso. Unos niños que el día de Navidad te despierten a las siete de la mañana para ver los regalos. Calvos, gordos, delgados, atléticos, deportistas, jóvenes. ¿Qué vemos cuando pensamos en el futuro? ¿Vemos nuestros sueños realizados o por el contrario nos vemos amargados en un sillón de cuero que da demasiado calor? ¿Nos vemos (incluso) muertos? ¿Qué queremos de nuestro futuro?
Ya sabemos lo que tenemos ahora. Sabemos lo que queríamos, sabemos lo que queremos y sabemos lo que en realidad tenemos. Todos podemos ver que difieren los tres momentos entre sí. Y vemos que diferirán siempre. Porque los deseos poco importan. Porque imaginar es gratis, pero vivir no lo es.
Brindemos todos porque los deseos importen y porque algún día podamos mirar atrás y decir “soy exactamente quien quiero ser”.
Salud.
domingo, 18 de octubre de 2009
MÚSICA ROJA
Estaba poniendo el candado en la puerta de la carnicería que llevaba su nombre: “Mellden: productos cárnicos”. El último cliente se había llevado un buen solomillo de cerdo, uno de los mejores que le había llegado esa semana. La persiana bajada y bien cerrada, se dirigió al mostrador, blanco y brillante después de la limpieza exhaustiva a la que había sido sometido, y depositó las llaves en el lugar más apartado. Dando un rodeo, se puso tras el mostrador y cogió de un cajón la minicadena que sólo usaba en ocasiones especiales, y esa era una ocasión especial. Pasó al almacén y la conectó en el enchufe más cercano a la mesa de trabajo. Tapado con una sábana, un cuerpo yacía sobre ella, moviéndose convulsivamente, luchando por liberarse de las cuerdas que lo mantenían sujeto, pero resultaba inútil. Mellden esbozó una sonrisa siniestra mientras la luz de la habitación le iluminaba la cara tenuemente. Sacó de una mochila un CD de título “Música roja”. Cualquiera que no supiese las intenciones de ese aparentemente inofensivo disco diría que era un título un tanto extraño, pero él las sabía, claro que las sabía. Lo metió en la minicadena, pero no lo conectó de inmediato, todavía tenía algo que hacer. Abrió una puerta y se metió en una habitación contigua, donde había un cuerpo en el suelo, maniatado. Sacarlo de allí fue fácil, ella colaboró. La sentó en una silla cercana a la mesa y le quitó la capucha que llevaba puesta, liberando su pelo castaño y descubriendo unos ojos verdes oscuros. Sus facciones eran redondeadas, se podía decir que tenía cara de niña, a pesar de tener ya 30 años. Era tremendamente bella y Mellden la miró un segundo, casi sintiendo pena por lo que vendría a continuación.
- ¡Qué es lo que quieres! – preguntó ella al verle aparecer en su campo de visión. Mellden se limitó a seguir con su trabajo -. ¿Dinero? ¡Tengo dinero, tengo dinero! Cógelo todo pero por favor, no me mates, no me mates – dijo conteniendo un llanto que parecía cada vez más cerca de ser desatado. Él se centró en lo que hacía. Le quitó la sábana al cuerpo que se revolvía en la mesa. El hombre miraba a Mellden con los ojos desorbitados. Tenía el pelo ligeramente ondulado, negro, y algo largo, por lo que caía ligeramente por la mesa, de metal pulido. La boca la tenía tapada por un calcetín, un método rudimentario, creía Mellden, pero muy efectivo. Se la liberó lentamente y pronto comenzó a gritar.
- ¡Mellden, hijo de perra! ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? Suéltame ahora mismo o… ¡mierda, Mellden, suéltame!
- No – contestó el aludido. Se dirigió a la minicadena y pulsó play. Al instante comenzó a sonar una melodía relajante, Caribbean blue de Enya -. Bien, os preguntaréis qué hacéis aquí, en mi humil…
- ¡Lo único que me pregunto es cuál va a ser la mejor forma de matarte, hijo de puta! ¡Te arrancaré la jodida cabeza y luego te la meteré por el puto culo! ¡Eres un jod…!
- Si no dejas de gritar me veré obligado a cortarte todos los dedos y dejar que te desangres, así que déjame terminar – dijo, interrumpiendo la dulce perorata de aquel hombre, que decidió callarse -. Muy bien. Gritar no os servirá de nada, por cierto, hace años que insonoricé esta sala, así que no intentéis nada raro. Como iba diciendo, las razones por las que estáis aquí son bien diferentes. Tú, Joel, estás aquí porque una y otra vez te has interpuesto entre mi objetivo y yo, porque no contento con eso, has intentado arruinar mi negocio, has mandado matones a destrozar mi tienda, me has espiado… o crees que no veía los coches que me seguían, ¿eh? Pues hoy eso va a llegar a su fin. En cuanto a ti, preciosa, ya me conoces de alguna vez que nos hemos cruzado en el metro. Has follado con este hombre más de una vez y eso no sería malo…si no estuvieras casada. El adulterio es un pecado muy serio, Susan. Y es por ello que hoy y ahora, a ti te voy a matar – dijo señalando a Joel – y a ti te voy a obligar a mirar su agonía y a escuchar sus lamentos, para que lo único que te lleves al otro lado sea su dolor. Tú, Joel, te llevarás contigo la culpa.
- ¡¿Qué culpa?! ¡¿De qué cojones estás hablando?! – dijo, mientras se oía a Susan sollozar.
- Tú eres el único culpable de su muerte. Si no hubieras arremetido contra mí, ahora no estarías en esa mesa y, por extensión, ella no estaría ahí sentada. Si no la hubieras embaucado con falsas esperanzas y promesas aún sabiendo que estaba casada, ella no estaría aquí. Tú eres el único culpable.
- ¡Eso no es verdad, eso no es verdad! ¡Cállate! – dijo desesperado, sin saber qué más decir -. ¡Eres un asesino!
- Eso no me atreveré a negarlo; la mentira también es un pecado bastante serio – dijo Mellden. En ese momento terminó la primera canción del disco y no pasó desapercibido ante el oído del carnicero -. Basta de cháchara.
Se retiró parte de la gabardina, dejando a la vista un cuchillo con un filo de veinte centímetros de ancho y cuarenta de largo, que cogió con una rapidez asombrosa. Mientras descargaba el primer golpe, la novena sinfonía de Beethoven comenzaba a sonar en la minicadena con asombrosa violencia. El chorro de sangre golpeó a la mujer en la cara, que empezó a gritar, uniendo su voz a la de Joel, cuyo desgarrador alarido parecía arrancado de las mismas entrañas del infierno. Donde antes había una mano ahora había sólo un río de sangre. El segundo golpe lo descargó en la pierna derecha, a nivel de la rodilla, liberando otro grito aún más potente que el anterior al hombre. El tercer golpe fue definitivo e hizo rodar la cabeza de Joel por el suelo del almacén. Los gritos masculinos desaparecieron y sólo se oía la voz de la mujer. Lentamente, los chillidos de la mujer se fueron convirtiendo en una risa que erizaría el vello del hombre más bravo.
- Eres un genio, Mellden… - dijo mientras seguía riendo – ¡un jodido genio!
- Lo sé, querida, lo sé – dijo, esbozando una sonrisa más amplia que cuando cortaba los miembros de Joel. La sangre todavía manaba del cuerpo inerte, formando un charco rojo alrededor de la mesa. Pasando por detrás de la silla, desató a Susan, que se levantó y recogió la cabeza de Joel del suelo. La expresión que había quedado para siempre en la cara de aquel hombre era de horror absoluto.
- Mi querido Jo… eras un auténtico capullo – dijo mientras le daba un beso en los labios de aquella cabeza separada del cuerpo. La dejó caer al suelo y se dio la vuelta, dirigiéndose a Mellden -. Se lo tragó todo… ¡todo!
- Todo – repitió el carnicero. Ella se acercó y lo abrazó - Todo – volvió a repetir. Sus labios se unieron en un beso con sabor a sangre. El frío atravesó a Susan como un viento invernal. El acero del cuchillo del carnicero se había introducido hasta la empuñadura en su abdomen. Las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando descompasadamente – Todo…
Dejando el cuchillo en la mesa, se arrodilló junto a Susan hasta que sus labios estuvieron a apenas un centímetro de su oído. El susurro pareció casi un capricho del viento – El adulterio es un pecado muy serio, Susan… - dijo depositando en el suelo un anillo de boda, justo delante del agonizante cuerpo de la mujer. La luz se apagó mientras Mellden abandonaba el almacén. El himno de la alegría tocó a su fin y los jadeos de Susan terminaron por perderse en la oscuridad.
lunes, 14 de septiembre de 2009
LA MUERTE SE TOMA UNAS VACACIONES
DE CÓMO LA MUERTE SE TOMÓ UNAS VACACIONES Y EL HOMBRE SE HIZO INMORTAL
Francisco, profesor de filosofía de un instituto cualquiera, se sentaba por fin en un sillón cualquiera después de una larguísima jornada de trabajo frente a unos indomables energúmenos que sudaban de Platón y Sócrates, de Nietzsche y Hume, de Kant y Berkeley. Una botella de cerveza colgaba de su mano, mientras que con la otra, sostenía el mando a distancia de la televisión. Telecinco, puesto por defecto, apareció dando voces. Inmediatamente cambió a Cuatro, no por nada en particular, sino porque era la siguiente cadena sintonizada en el televisor. Algo más calmado, una película. ¿La había visto? No lo recordaba. Su mente cada vez era más dada a dejar atrás cualquier recuerdo que considerara innecesario, y desde luego de esta película no guardaba ninguno.
Sus cincuenta y tres años de edad le pesaban. No tenía previsto durar tanto en este mundo, ansiaba por encima de todo librarse de las banalidades terrenales para ir a disfrutar del goce de las conversaciones con los genios que admiraba, que seguro estaban en el cielo (excepto Friedrich, ese no tenía mucha pinta de estar allí). Al menos eso pensaba. Pero esa noche era especial, era el aniversario de su nacimiento, lo que muchos habían dado en llamar… cumpleaños. Un viento frío abrió de par en par la ventana del salón, llenando la habitación de una fragancia dulce. Francisco sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, no sólo por la gélida brisa intrusa en su casa, sino por que cada vez que pensaba en su cumpleaños…se sentía casi morir un poco más.
No le gustaba el frío en su habitación. Así pues, se levantó lentamente del sillón a cerrar la ventana y a encender ya de paso la calefacción. De pie, junto a la ventana, de repente sintió un agudo dolor en el pecho. Apenas podía mantenerse en pie. De rodillas en el suelo miró al frente, y lo que vio le dejó momentáneamente sin respiración. Una anciana vestida de blanco le ofrecía la mano justo delante suyo. Él, aparentemente sin temor alguno la tomó.
“Soy la Muerte”, le dijo, “y he viajado un largo camino para venir a buscarte. Tu tiempo en este mundo ha concluido, Francisco”. El contacto con su mano le había hecho desaparecer el dolor. Se encontraba con energías renovadas, listo para caminar. Pero la idea de la muerte le aterró. “¿Morir?”, dijo exaltado, “¿Morir yo? Yo no puedo morir, señora mía, aunque con gusto le devolvía el dinero que pueda haberle costado el viaje. Es imposible que yo muera, señora, ha trabajado en vano”. La muerte, sorprendida, miró con ojos cariñosos al profesor. “Yo no trabajo en vano, querido. Soy
“¿Mi tiempo? Me temo que la han engañado, señora”
“¿Perdón? A mi no es posible engañarme. Ni la ciencia, ni el espiritualismo han podido conmigo. ¿Qué tienes tú que argumentar, qué razones tienes tú para pensar que he sido engañada, necio?” dijo la muerte con un tono que comenzaba a elevarse por encima de los niveles humanamente conocidos. Una voz espectral y fría.
“Pues verá. Usted está claro que no es humana, ¿verdad?”
“Así es”
“Y dado que no es humana, a usted no se le puede sujetar ni atar a las leyes humanas. Usted no puede ser juzgada por robar, pues roba vidas constantemente. No puede ser acusada de traficar con drogas, pues sumerge la consciencia en la más increíble de las drogas, la llamada vida eterna. Y no puede ser acusada de matar porque…en fin, usted es
“Correcto, no tengo nada que objetar a ese argumento. Por otro lado, no sé a dónde quieres llegar, querido”. Respondió
“Habrás de dejarme terminar para juzgar mi perorata”
“Continúa pues”
“Pues bien, por otro lado has mencionado el tiempo y el tiempo no existe”
“¿No existe? ¿Y puedo saber en qué basas esa insensatez? Mi trabajo se basa en el tiempo. Cuando el tiempo de un hombre ha concluido, ahí estoy yo para recoger los restos, para llevar el alma al lugar que le corresponde por derecho y deber”
“La explicación es muy sencilla, mi muy estimada señora: el tiempo no es más que una invención del hombre, un intento de darle a su mísera existencia una medida, en su ansia de dar un nombre a todo lo que le rodea, como si pudiera dársele así mismo una explicación. El tiempo no existe, puesto que es un ingenio humano para dar sentido a una vida que tiene un principio, pero de la cual se desconoce el fin”
“Bien, es un invento humano. Sin embargo, como invento humano, es bien certero, y me sirvo de él para tomar las vidas y mantener el equilibrio del universo”
“¿Pero cómo hace usted eso? Usted no es humana, y no puede permitirse el lujo de tomar un invento del hombre para beneficio propio. Si lo hiciera, se equipararía a cada uno de nosotros y, como igual, debiera ser juzgada convenientemente por todos los delitos que ha cometido a lo largo de la existencia de este mundo que habito. No puedo morir, sencillamente, porque soy humano y me rijo por mis leyes humanas, y usted no es humana, y no se rige por ellas. Si no puede acatarlas, ¿cómo va a privarme de ellas? No puede matarme porque, sencillamente, no pertenece usted a este mundo”
La muerte, consternada, mantuvo la mirada del profesor durante un interminable minuto. Al final, habló.
“No puedo ser quien soy si no se me permite serlo. Las leyes humanas han de ser abolidas para permitir mi actuación. ¡No pienso ser juzgada por realizar un trabajo del que se beneficia el universo entero, manteniendo el equilibrio como lo mantengo!”
Acto seguido se desvaneció como una nube de humo y escapó por la ventana. Francisco cayó al suelo, agotado. El dolor había vuelto, pero se desvanecía lentamente. Tomó del suelo la cerveza, se incorporó de nuevo y se sentó en su sillón, mientras en la televisión daban patadas al aire. De repente, recordó que había visto esa película.
