Estaba sentado en una mesa, en la biblioteca. La silla, cómoda, permita que lentamente caiga en un profundo sueño, pero intento resistirme a lo casi inevitable. Mañana tengo examen, pero llevo ya diez días estudiando sin parar y no obteniendo el más mínimo conocimiento de la materia a cambio. Sigo en blanco. El cuaderno está destrozado, las hojas gastadas y los bolígrafos secos. La luz del fluorescente de vez en cuando centellea; cualquier epiléptico lo pasaría mal aquí. Como corresponde a esta época, la mesa está llena: tres personas se encuentran a mi lado; dos chicas y un chico. Al chico lo conozco; creo que se llama José, pero tampoco pienso dirigirme a él como tal, me limitaré a “tú” si es completa y totalmente necesario. Las chicas ni siquiera tenía consciencia de que estudiaran aquí. De hecho, dudo mucho que “lengua y literatura” sea una asignatura de medicina Y aún menos “filosofía”. Cuchichean muchísimo y no sólo no me dejan concentrarme, sino que sus susurros son un ruido monótono que templa mi mente y me conduce donde no quiero llegar. No es una imagen que…
…quiera dar. Mierda. Me he dormido. Miro el reloj. Las agujas marcan ambas el sur. Me estiro con brusquedad mientras miro a mi alrededor. Las chicas se han ido, pero José… ¿o era Julio?... me mira furtivamente bajo sus gafas de pasta negra. Imagino que por la “cara oculta” de su cabeza esboza una media sonrisa burlona. Necesito un café.
La máquina es de estas supermodernas. El café, el mismo de siempre, pero aún así me lo bebo, ya que es lo único que me quita el sueño. Un momento. Huelo café… café de verdad… ¿cómo es posible? Giro la cabeza y veo una chica entrando en la biblioteca con un termo semiabierto… lo que daría por un trago de ese café.
Termino con el poco café que queda, que es casi todo azúcar, y lo tiro en una papelera cercana. Derrama unas pocas gotas en el suelo; la bolsa está agujereada. Vaya. Sigilosamente me doy la vuelta y me meto de nuevo en la biblioteca, andando lentamente hacia la mesa. Oh, no. El termo. Está en mi mesa. Dios, ya me cuesta mucho concentrarme como para ahora… necesito un café.
Salgo, meto un euro en la máquina. Me devuelve cuarenta céntimos y el mismo café insípido de antes. Pero al menos huele a algo parecido al café. Lo bebo rápidamente y esta vez soy cuidadoso y tiro el vasito en la papelera del fondo. También agujereada. Cojonudo. Abro las puertas y me siento decidido en la mesa. La mirada furtiva e Julio (¿o Jaime?) sigue ahí. Odio eso, joder.
Fijo la mirada en mis apuntes. “La prolactina la secretan las célulaslactotropas y…” mmmm café… “tropas y produce la secreción láctea de…” café. No puedo concentrarme. Alzo la mirada sin querer. El termo permanece inmutable. Estoy tentado de pedirle a la desconocida un traguito de ese café. Incómoda, ella alza la mirada y repara en la mía, fija a su vez en ese maldito termo. “Ni se te ocurra tocarlo” susurra entre los papeles. Cambia el objetivo de mi mirada. Por primera vez reparo en que hay una chica a la que pertenece el termo. Me mira fijamente con unos ojos marrones clarísimos, rodeados por una telaraña de pestañas colapsadas de rimel. Su cara, de facciones suaves y contorno redondeado, está enmarcada entre dos mechones de pelo rubio oscuro que cae por los lados y se escurre suavemente por delante de sus hombros desnudos. Su mirada es inquietante, esconde un punto de malicia que no acabo de comprender. “Me has pillado”, respondo tras unos instantes de vacilación. Ella sonríe y unos pequeños hoyuelos se le marcan a ambos lados de la boca. Es… ciertamente hermosa. Pero bueno, ahora qué va a ser. ¿Primero el café y ahora esto? No, no, no. A ver, lee. “La prolactina…” hombros desnudos “la secretan…” café recién hecho “las células…” pelo rubio “lactotropas” hoyuelos. Alzo la mirada discretamente para observarla un poco más. Me prometo que no es de ninguna manera sexual mi interés, sino meramente informativo. No es la primera promesa que rompo. Lleva una camiseta roja, totalmente lisa, de esas con el cuello muy ancho, de tal manera que puede dejar un hombro al aire si el otro queda tapado. Deja caer una mano y el cuello de la camiseta cae con ella. Resbala hasta la mitad del brazo, dejando al descubierto una piel tostada, aunque ya va perdiendo el color a causa del invierno. No lleva sujetador… ¿no se suponía que no era sexual mi interés? Joder…necesito un café.
Me levanto de la mesa reparando en su atenta mirada y me dirijo rápidamente a la salida de la biblioteca. El reloj marca ya las siete y media… no, no me lo puedo creer… ¿me he pasado media hora mirándola? No, tiene que estar mal.
Meto sesenta céntimos en la supermáquina de café, que me devuelve un infracafé insipidísimo. Da igual, lo necesito para despejarme. Está muy caliente y empiezo a soplar. Oigo la puerta de la biblioteca y sale ella. Lleva unos pantalones holgados de lino, azules oscuro, y pasa frente a mí. Su perfume es embriagador, dulzón con un toque ácido de naranja. Muy extraño. Tiro el vaso a la papelera. Tengo la cabeza demasiado cargada, necesito refrescarme ya. No me he dado cuenta y, tarde, veo cómo todo el café que quedaba en el vaso (exactamente el mismo que me había dado la supermáquina) se derrama en el suelo por los agujeros de la bolsa en la que tiré el otro café. Dios.
Presiono el grifo, que expulsa un chorro de agua a presión media que cae en mis manos, acomodadas a su recepción, conteniendo ese pequeño líquido brillante. Lo estrello contra mi cara y parece que una parte de la carga se apea de mi cabeza. Resoplo.
Al abrir los ojos veo el reflejo del espejo. Devuelve una imagen lastimera, empapada y… una rubia. ¿Qué…
“… haces en el baño de chicos?”. Me fijo en el cerrojo. Lo ha girado. A ojos del exterior, estoy muy ocupado con mis necesidades fisiológicas normales. A mis ojos, aún no he visto a esos labios gruesos sin carmín ofrecerme una respuesta, pero imagino que me ha visto fijan…
“… dote en mi café… y luego en mí”, calla un momento. “¿Cuál es tu excusa?”, dice, y sonríe, como si fuera una pregunta totalmente inocente. Me siento al descubierto, con un láser apuntándome directamente entre ceja y ceja, como aquellos días en los que tu profesor de infantil te preguntaba cuál era la excusa de haber pintado en la pared. ¿Qué digo? ¿Qué me gustaría liarme con ella ahora mismo? ¿Qué querría hacer…?
“… mis necesidades, por favor…” dije, tratando de no sonreír. Obviamente, mi intento fue inútil.
“Ya”, responde, y acto seguido se pone a cinco centímetros de mi cara. “¿Seguro que no querrías hacer otra cosa…?”. Me mira fijamente. (cuatro centímetros) Su respiración es muy calmada. (tres centímetros) Los ojos que creía marrón claro son verdes oscuros. (dos centímetros) Noto el calor que desprende su cara. (uno) No dudo en acortar ese espacio.
Sus labios saben a café, ese maldito café de termo, ese maldito café recién hecho. Delicioso.
Sus manos se posan en mi espalda y yo apoyo las mías en su cadera, contorneándola lentamente. Sus manos ascienden por mi cuerpo hasta encontrarse con mi pelo, en el que sus dedos se enredan, encontrando fácilmente la salida del laberinto. Doy gracias al suavizante que utilizo. No me he dado cuenta, pero sus manos han vuelto al origen, y esta vez tiran de la camiseta hacia arriba. Ciertamente, hace mucho calor.
Mis besos descienden fácilmente por el cuello, respirando una vez más su aroma. Un aroma fresco y delicado.
No sé muy bien cómo, pero me ha quitado la camiseta. A cambio, yo le he quitado la suya. Nuestros cuerpos se unen, ardiendo pasto de las llamas de la lujuria, de un fuego abrasador. Nos deseamos. Desabrocha el botón de los vaqueros que llevo puestos, mientras yo hago lo propio con sus pantalones de lino. Resulta mucho más fácil de lo que pensé en un principio. Su piel es suave; su respiración, agitada. Caemos al suelo sin querer, lentamente, deslizándonos por la losa, fría como el hielo, pero no lo suficiente como para apagar el fuego que arde en nuestro interior. Ella acaba sobre mí. Sólo lleva puestos unos shorts negros. Siento cómo el deseo se abre paso entre mis entrañas; la necesito, ahora. Desciendo mi mano por sus pechos, turgentes, con los pezones duros, para luego continuar mi camino hacia por el vientre. Ahora respira entrecortadamente. Noto la barrera que suponen los shorts, pero fácilmente la sorteo. El vello se enreda entre mis dedos, pero no obstaculiza mi avance. Ella emite un gemido sordo mientras me da la vuelta. Ahora estoy yo encima suya, la mano bajo sus shorts negros, la suya descendiendo por mi espalda y agarrando mis boxer. Tira de ellos hacia abajo. Yo facilito finalmente el trabajo y me deshago de ellos. Estoy totalmente desnudo y noto cada superficie, cada textura… su piel. Ella mira mis ojos y me besa con pasión. Yo le devuelvo el beso con lujuria. Meto el dedo corazón suavemente y lo muevo hacia el vientre. Su cuerpo se retuerce en una cadencia de movimientos azarosa, bailando una danza mágica, embrujado por una melodía invisible que sólo nosotros escuchamos.
Le quito los shorts y me coloco entre sus piernas, besándola de nuevo, primero en la ingle, en el ombligo, en el pecho, en el cuello y, finalmente, en la boca. No puedo aguantar más la espera y la penetro. Ella gime con cada movimiento que hago, con cada vaivén, con cada golpe. Ella gime. Unos grititos que trata de ahogar, inútilmente, se van transformando en gritos algo más potentes. La beso una vez más, con fuerza, bajo por su cuello y la muerdo, aunque con suavidad. Ella echa la cabeza hacia atrás, gritando de placer. Los movimientos se vuelven cada vez más rápidos mientras su cuerpo se contrae una y otra vez. Grita. Una vez. Dos. Tres. Antes de llegar al clímax me abraza con fuerza y ahora es ella quien me muerde el cuello. Sus uñas arañan mi espalda. Lo sentiré mañana, pero desde luego no ahora. Sus piernas se cierran en torno a mi cintura. Grita una última vez, mientras yo ahogo infructuosamente el gemido que me provoca el placer. Se expande como una onda por todo mi cuerpo, relajando mis músculos. Nos ladeamos y espiramos el aire atrapado en nuestros pulmones. Ella me mira. Su pecho todavía oscila de agitación. “Te quiero”, dice. La beso. El café sigue ahí, en su boca. Bebo de él como si fuera la última vez. “Te quiero”, le respondo.
La vuelta a la biblioteca la hacemos por tandas: ella primero y después yo. Al tomar mis asiento echo un ojo a la mirada a hurtadillas de Jaime… ¿o Julián? Ya no es burla lo que veo en sus ojos, sino envidia. Miro a Lucía a los ojos, esos ojos verdes oscuros que parecen estar analizándote a cada minuto. Sonríe. Una sonrisa radiante. ¡Adoro jugar a esto con ella! Su pie, descalzo, roza la pernera de mis vaqueros…
Necesito un café.
lunes, 25 de mayo de 2009
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