
Esa sensación. Lo tienes todo, pero sientes que no tienes nada. Pasas los días entre nubes de abstracción que te separan lentamente de tu vida física. Te ofrecen todo, pero no tienes que elegir, no sabes elegir, ni puedes... Te sientes alejado del mundo una vez más, mientras observas que no eres feliz. No sabes lo que quieres, y cuando crees que lo sabes resulta no ser lo más correcto, lo más coherente o lo más bueno; resulta que una vez has tomado una decisión siempre aparecerá alguien que te diga: "no hagas eso". Ya lo sabes, sabes que no has de hacerlo, pero lo deseas. Aunque esa sensación de seguridad sea efímera, si la utilizas en el momento, cuando aún existe y no ha desaparecido, sus frutos pueden ser magníficos...pero si la dejas madurar, caerá del arbol y, cuando la recojas, no servirá ni para abonar un pobre jardín, porque la idea por la que creías haber meditado lo suficiente ha resultado ser una bazofia engañosa por la que no crees ahora que merezca la pena luchar. La única realidad es que sólo sabes lo que quieres cuando no quieres nada....el resto del tiempo existirán tantas posibilidades que te ahogarás en tus propias deicisiones y acabarás deseando tu muerte, porque no podrás soportar la presión, el peso al que eres sometido por el peso de las posibilidades. Eres una marioneta en manos de un niño que no sabe jugar, que tira de los hilos a destiempo, convirtiendote en un absurdo bailarín del destino, de la indecisión. Porque no te gusta decidir, no te agrada, pero has de hacerlo, y cuando lo haces alguien acaba herido, en alguna parte del mundo, en algún rincón, siempre; porque no puedes tomar una decisión que no sea mortal, aunque la consideres pequeña e insignificante. Escúchame bien, pues lo único insignificante en esta vida eres tú, insignificante aunque imprescindible para la vida, una abrumadora sucesión de acontecimientos que acaban en un único final: la muerte. No sabes lo que quieres... pues no decidas, déjalo estar, y así al menos no acabarás haciendo daño a alguien.

