lunes, 14 de abril de 2008

Cuando no sabes lo que quieres




Esa sensación. Lo tienes todo, pero sientes que no tienes nada. Pasas los días entre nubes de abstracción que te separan lentamente de tu vida física. Te ofrecen todo, pero no tienes que elegir, no sabes elegir, ni puedes... Te sientes alejado del mundo una vez más, mientras observas que no eres feliz. No sabes lo que quieres, y cuando crees que lo sabes resulta no ser lo más correcto, lo más coherente o lo más bueno; resulta que una vez has tomado una decisión siempre aparecerá alguien que te diga: "no hagas eso". Ya lo sabes, sabes que no has de hacerlo, pero lo deseas. Aunque esa sensación de seguridad sea efímera, si la utilizas en el momento, cuando aún existe y no ha desaparecido, sus frutos pueden ser magníficos...pero si la dejas madurar, caerá del arbol y, cuando la recojas, no servirá ni para abonar un pobre jardín, porque la idea por la que creías haber meditado lo suficiente ha resultado ser una bazofia engañosa por la que no crees ahora que merezca la pena luchar. La única realidad es que sólo sabes lo que quieres cuando no quieres nada....el resto del tiempo existirán tantas posibilidades que te ahogarás en tus propias deicisiones y acabarás deseando tu muerte, porque no podrás soportar la presión, el peso al que eres sometido por el peso de las posibilidades. Eres una marioneta en manos de un niño que no sabe jugar, que tira de los hilos a destiempo, convirtiendote en un absurdo bailarín del destino, de la indecisión. Porque no te gusta decidir, no te agrada, pero has de hacerlo, y cuando lo haces alguien acaba herido, en alguna parte del mundo, en algún rincón, siempre; porque no puedes tomar una decisión que no sea mortal, aunque la consideres pequeña e insignificante. Escúchame bien, pues lo único insignificante en esta vida eres tú, insignificante aunque imprescindible para la vida, una abrumadora sucesión de acontecimientos que acaban en un único final: la muerte. No sabes lo que quieres... pues no decidas, déjalo estar, y así al menos no acabarás haciendo daño a alguien.

Beso en prosa

Un escalofrío recorrió su espalda cuando por fin se unieron. Eran uno. Lo eran todo y nada. El tiempo pareció detenerse para ellos, por ellos. Bebió de sus labios con pasión acelerada, con deseo. Lágrimas saladas daban al beso un sabor del verano pasado, de una visita efímera, de un amor que creyó no volver a ver. El pelo sedoso se enredaba con facilidad en sus dedos, como hilos de oro que pendían de una muñeca de porcelana de ojos esmeralda y labios de fresa, frágil, hermosa, que en cualquier momento se puede escapar. Ella respondía al beso. Sus lenguas chocaban en sus bocas, desenfrenadas, deseosas de algo más. Sentían el viento rozando su piel, arrastrando granos de arena, polvo, humo y aromas desconocidos. Madrid se postraba a sus pies y les ofrecía el mundo. Cayeron lentamente hacia la mullida alfombra verde del Retiro mientras sus labios perezosamente se separaban. El tiempo volvió a su curso.

domingo, 13 de abril de 2008

Beso en verso


Brillantes rubíes
preciados como el oro;
se acercan, se mueven,
buscan lo que todos.
Buscan a otros,
buscan semejantes
para no sentirse solos...
pobres almas errantes.
Y cuando por fin lo hacen
chocan indecisos,
y rozan el cielo,
y rozan el Olimpo.
Y en su interior
un fuego se rebela;
se arremolina defensivo,
atacante y centinela.
Aspira el uno
un afresado aroma;
y bebe el otro
las mieles de su victoria.
El tiempo se detuvo
en un beso eterno.
¡Oh! Petalos de rosa...
cómo anhelo teneros.