DE CÓMO LA MUERTE SE TOMÓ UNAS VACACIONES Y EL HOMBRE SE HIZO INMORTAL
Francisco, profesor de filosofía de un instituto cualquiera, se sentaba por fin en un sillón cualquiera después de una larguísima jornada de trabajo frente a unos indomables energúmenos que sudaban de Platón y Sócrates, de Nietzsche y Hume, de Kant y Berkeley. Una botella de cerveza colgaba de su mano, mientras que con la otra, sostenía el mando a distancia de la televisión. Telecinco, puesto por defecto, apareció dando voces. Inmediatamente cambió a Cuatro, no por nada en particular, sino porque era la siguiente cadena sintonizada en el televisor. Algo más calmado, una película. ¿La había visto? No lo recordaba. Su mente cada vez era más dada a dejar atrás cualquier recuerdo que considerara innecesario, y desde luego de esta película no guardaba ninguno.
Sus cincuenta y tres años de edad le pesaban. No tenía previsto durar tanto en este mundo, ansiaba por encima de todo librarse de las banalidades terrenales para ir a disfrutar del goce de las conversaciones con los genios que admiraba, que seguro estaban en el cielo (excepto Friedrich, ese no tenía mucha pinta de estar allí). Al menos eso pensaba. Pero esa noche era especial, era el aniversario de su nacimiento, lo que muchos habían dado en llamar… cumpleaños. Un viento frío abrió de par en par la ventana del salón, llenando la habitación de una fragancia dulce. Francisco sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, no sólo por la gélida brisa intrusa en su casa, sino por que cada vez que pensaba en su cumpleaños…se sentía casi morir un poco más.
No le gustaba el frío en su habitación. Así pues, se levantó lentamente del sillón a cerrar la ventana y a encender ya de paso la calefacción. De pie, junto a la ventana, de repente sintió un agudo dolor en el pecho. Apenas podía mantenerse en pie. De rodillas en el suelo miró al frente, y lo que vio le dejó momentáneamente sin respiración. Una anciana vestida de blanco le ofrecía la mano justo delante suyo. Él, aparentemente sin temor alguno la tomó.
“Soy la Muerte”, le dijo, “y he viajado un largo camino para venir a buscarte. Tu tiempo en este mundo ha concluido, Francisco”. El contacto con su mano le había hecho desaparecer el dolor. Se encontraba con energías renovadas, listo para caminar. Pero la idea de la muerte le aterró. “¿Morir?”, dijo exaltado, “¿Morir yo? Yo no puedo morir, señora mía, aunque con gusto le devolvía el dinero que pueda haberle costado el viaje. Es imposible que yo muera, señora, ha trabajado en vano”. La muerte, sorprendida, miró con ojos cariñosos al profesor. “Yo no trabajo en vano, querido. Soy
“¿Mi tiempo? Me temo que la han engañado, señora”
“¿Perdón? A mi no es posible engañarme. Ni la ciencia, ni el espiritualismo han podido conmigo. ¿Qué tienes tú que argumentar, qué razones tienes tú para pensar que he sido engañada, necio?” dijo la muerte con un tono que comenzaba a elevarse por encima de los niveles humanamente conocidos. Una voz espectral y fría.
“Pues verá. Usted está claro que no es humana, ¿verdad?”
“Así es”
“Y dado que no es humana, a usted no se le puede sujetar ni atar a las leyes humanas. Usted no puede ser juzgada por robar, pues roba vidas constantemente. No puede ser acusada de traficar con drogas, pues sumerge la consciencia en la más increíble de las drogas, la llamada vida eterna. Y no puede ser acusada de matar porque…en fin, usted es
“Correcto, no tengo nada que objetar a ese argumento. Por otro lado, no sé a dónde quieres llegar, querido”. Respondió
“Habrás de dejarme terminar para juzgar mi perorata”
“Continúa pues”
“Pues bien, por otro lado has mencionado el tiempo y el tiempo no existe”
“¿No existe? ¿Y puedo saber en qué basas esa insensatez? Mi trabajo se basa en el tiempo. Cuando el tiempo de un hombre ha concluido, ahí estoy yo para recoger los restos, para llevar el alma al lugar que le corresponde por derecho y deber”
“La explicación es muy sencilla, mi muy estimada señora: el tiempo no es más que una invención del hombre, un intento de darle a su mísera existencia una medida, en su ansia de dar un nombre a todo lo que le rodea, como si pudiera dársele así mismo una explicación. El tiempo no existe, puesto que es un ingenio humano para dar sentido a una vida que tiene un principio, pero de la cual se desconoce el fin”
“Bien, es un invento humano. Sin embargo, como invento humano, es bien certero, y me sirvo de él para tomar las vidas y mantener el equilibrio del universo”
“¿Pero cómo hace usted eso? Usted no es humana, y no puede permitirse el lujo de tomar un invento del hombre para beneficio propio. Si lo hiciera, se equipararía a cada uno de nosotros y, como igual, debiera ser juzgada convenientemente por todos los delitos que ha cometido a lo largo de la existencia de este mundo que habito. No puedo morir, sencillamente, porque soy humano y me rijo por mis leyes humanas, y usted no es humana, y no se rige por ellas. Si no puede acatarlas, ¿cómo va a privarme de ellas? No puede matarme porque, sencillamente, no pertenece usted a este mundo”
La muerte, consternada, mantuvo la mirada del profesor durante un interminable minuto. Al final, habló.
“No puedo ser quien soy si no se me permite serlo. Las leyes humanas han de ser abolidas para permitir mi actuación. ¡No pienso ser juzgada por realizar un trabajo del que se beneficia el universo entero, manteniendo el equilibrio como lo mantengo!”
Acto seguido se desvaneció como una nube de humo y escapó por la ventana. Francisco cayó al suelo, agotado. El dolor había vuelto, pero se desvanecía lentamente. Tomó del suelo la cerveza, se incorporó de nuevo y se sentó en su sillón, mientras en la televisión daban patadas al aire. De repente, recordó que había visto esa película.

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