domingo, 18 de octubre de 2009

MÚSICA ROJA

Abstenerse sensibles XD

Estaba poniendo el candado en la puerta de la carnicería que llevaba su nombre: “Mellden: productos cárnicos”. El último cliente se había llevado un buen solomillo de cerdo, uno de los mejores que le había llegado esa semana. La persiana bajada y bien cerrada, se dirigió al mostrador, blanco y brillante después de la limpieza exhaustiva a la que había sido sometido, y depositó las llaves en el lugar más apartado. Dando un rodeo, se puso tras el mostrador y cogió de un cajón la minicadena que sólo usaba en ocasiones especiales, y esa era una ocasión especial. Pasó al almacén y la conectó en el enchufe más cercano a la mesa de trabajo. Tapado con una sábana, un cuerpo yacía sobre ella, moviéndose convulsivamente, luchando por liberarse de las cuerdas que lo mantenían sujeto, pero resultaba inútil. Mellden esbozó una sonrisa siniestra mientras la luz de la habitación le iluminaba la cara tenuemente. Sacó de una mochila un CD de título “Música roja”. Cualquiera que no supiese las intenciones de ese aparentemente inofensivo disco diría que era un título un tanto extraño, pero él las sabía, claro que las sabía. Lo metió en la minicadena, pero no lo conectó de inmediato, todavía tenía algo que hacer. Abrió una puerta y se metió en una habitación contigua, donde había un cuerpo en el suelo, maniatado. Sacarlo de allí fue fácil, ella colaboró. La sentó en una silla cercana a la mesa y le quitó la capucha que llevaba puesta, liberando su pelo castaño y descubriendo unos ojos verdes oscuros. Sus facciones eran redondeadas, se podía decir que tenía cara de niña, a pesar de tener ya 30 años. Era tremendamente bella y Mellden la miró un segundo, casi sintiendo pena por lo que vendría a continuación.
- ¡Qué es lo que quieres! – preguntó ella al verle aparecer en su campo de visión. Mellden se limitó a seguir con su trabajo -. ¿Dinero? ¡Tengo dinero, tengo dinero! Cógelo todo pero por favor, no me mates, no me mates – dijo conteniendo un llanto que parecía cada vez más cerca de ser desatado. Él se centró en lo que hacía. Le quitó la sábana al cuerpo que se revolvía en la mesa. El hombre miraba a Mellden con los ojos desorbitados. Tenía el pelo ligeramente ondulado, negro, y algo largo, por lo que caía ligeramente por la mesa, de metal pulido. La boca la tenía tapada por un calcetín, un método rudimentario, creía Mellden, pero muy efectivo. Se la liberó lentamente y pronto comenzó a gritar.
- ¡Mellden, hijo de perra! ¿Qué cojones te crees que estás haciendo? Suéltame ahora mismo o… ¡mierda, Mellden, suéltame!
- No – contestó el aludido. Se dirigió a la minicadena y pulsó play. Al instante comenzó a sonar una melodía relajante, Caribbean blue de Enya -. Bien, os preguntaréis qué hacéis aquí, en mi humil…
- ¡Lo único que me pregunto es cuál va a ser la mejor forma de matarte, hijo de puta! ¡Te arrancaré la jodida cabeza y luego te la meteré por el puto culo! ¡Eres un jod…!
- Si no dejas de gritar me veré obligado a cortarte todos los dedos y dejar que te desangres, así que déjame terminar – dijo, interrumpiendo la dulce perorata de aquel hombre, que decidió callarse -. Muy bien. Gritar no os servirá de nada, por cierto, hace años que insonoricé esta sala, así que no intentéis nada raro. Como iba diciendo, las razones por las que estáis aquí son bien diferentes. Tú, Joel, estás aquí porque una y otra vez te has interpuesto entre mi objetivo y yo, porque no contento con eso, has intentado arruinar mi negocio, has mandado matones a destrozar mi tienda, me has espiado… o crees que no veía los coches que me seguían, ¿eh? Pues hoy eso va a llegar a su fin. En cuanto a ti, preciosa, ya me conoces de alguna vez que nos hemos cruzado en el metro. Has follado con este hombre más de una vez y eso no sería malo…si no estuvieras casada. El adulterio es un pecado muy serio, Susan. Y es por ello que hoy y ahora, a ti te voy a matar – dijo señalando a Joel – y a ti te voy a obligar a mirar su agonía y a escuchar sus lamentos, para que lo único que te lleves al otro lado sea su dolor. Tú, Joel, te llevarás contigo la culpa.
- ¡¿Qué culpa?! ¡¿De qué cojones estás hablando?! – dijo, mientras se oía a Susan sollozar.
- Tú eres el único culpable de su muerte. Si no hubieras arremetido contra mí, ahora no estarías en esa mesa y, por extensión, ella no estaría ahí sentada. Si no la hubieras embaucado con falsas esperanzas y promesas aún sabiendo que estaba casada, ella no estaría aquí. Tú eres el único culpable.
- ¡Eso no es verdad, eso no es verdad! ¡Cállate! – dijo desesperado, sin saber qué más decir -. ¡Eres un asesino!
- Eso no me atreveré a negarlo; la mentira también es un pecado bastante serio – dijo Mellden. En ese momento terminó la primera canción del disco y no pasó desapercibido ante el oído del carnicero -. Basta de cháchara.
Se retiró parte de la gabardina, dejando a la vista un cuchillo con un filo de veinte centímetros de ancho y cuarenta de largo, que cogió con una rapidez asombrosa. Mientras descargaba el primer golpe, la novena sinfonía de Beethoven comenzaba a sonar en la minicadena con asombrosa violencia. El chorro de sangre golpeó a la mujer en la cara, que empezó a gritar, uniendo su voz a la de Joel, cuyo desgarrador alarido parecía arrancado de las mismas entrañas del infierno. Donde antes había una mano ahora había sólo un río de sangre. El segundo golpe lo descargó en la pierna derecha, a nivel de la rodilla, liberando otro grito aún más potente que el anterior al hombre. El tercer golpe fue definitivo e hizo rodar la cabeza de Joel por el suelo del almacén. Los gritos masculinos desaparecieron y sólo se oía la voz de la mujer. Lentamente, los chillidos de la mujer se fueron convirtiendo en una risa que erizaría el vello del hombre más bravo.
- Eres un genio, Mellden… - dijo mientras seguía riendo – ¡un jodido genio!
- Lo sé, querida, lo sé – dijo, esbozando una sonrisa más amplia que cuando cortaba los miembros de Joel. La sangre todavía manaba del cuerpo inerte, formando un charco rojo alrededor de la mesa. Pasando por detrás de la silla, desató a Susan, que se levantó y recogió la cabeza de Joel del suelo. La expresión que había quedado para siempre en la cara de aquel hombre era de horror absoluto.
- Mi querido Jo… eras un auténtico capullo – dijo mientras le daba un beso en los labios de aquella cabeza separada del cuerpo. La dejó caer al suelo y se dio la vuelta, dirigiéndose a Mellden -. Se lo tragó todo… ¡todo!
- Todo – repitió el carnicero. Ella se acercó y lo abrazó - Todo – volvió a repetir. Sus labios se unieron en un beso con sabor a sangre. El frío atravesó a Susan como un viento invernal. El acero del cuchillo del carnicero se había introducido hasta la empuñadura en su abdomen. Las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando descompasadamente – Todo…
Dejando el cuchillo en la mesa, se arrodilló junto a Susan hasta que sus labios estuvieron a apenas un centímetro de su oído. El susurro pareció casi un capricho del viento – El adulterio es un pecado muy serio, Susan… - dijo depositando en el suelo un anillo de boda, justo delante del agonizante cuerpo de la mujer. La luz se apagó mientras Mellden abandonaba el almacén. El himno de la alegría tocó a su fin y los jadeos de Susan terminaron por perderse en la oscuridad.

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